La Clave
Los Monos de la Clave
 
Director: Jose Luis Balbin
 
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10-05-2013
Y VOLVERÁN A CREERLES

Después de que los dos grandes partidos españoles, cuando han alcanzado el poder –y debo decir que los dos con acertado criterio– han hecho exactamente lo contrario de lo que habían anunciado justo antes de ganar las elecciones (OTAN, subida de impuestos, etc.) me pregunto ¿qué interés va a tener en las próximas campañas escuchar o leer los programas electorales? ¿para qué? ¿Se imaginan que un candidato fuese tan honrado e inocente como para pronunciar el siguiente discurso?: “elíjanme a mí aunque no sé todavía lo que tendré que hacer si llego a gobernar y, si lo supiera, probablemente tampoco lo diría, para no provocar el pánico o una depresión colectiva entre quienes me escuchan, pero puedo prometer y prometo que lo que haga lo haré mejor que mis adversarios”. Menos mal que los políticos tienen, si cabe, más imaginación que los artistas. Bueno, de aquella manera son unos expertos artistas.

He llegado a soñar que las afirmaciones más importantes de los candidatos en campaña, iban a ser consideradas como un compromiso formal con la ciudadanía a la que se dirigen, como un pacto ante notario, serio e inquebrantable entre votante y votado pero, visto lo visto, nada más alejado de la realidad.

Sin embargo, aún cabe empeorar, aquí se podría llegar a mentir claramente y tampoco pasaría nada. En otros países, los de origen sajón sobre todo, el engaño de un político no se perdona. Por poner ejemplos muy conocidos, recordemos suicidios de ministros en el Reino Unido y nada menos que un gran presidente de los Estados Unidos, como fue Nixon, tuvo que renunciar a tan importante cargo, no por el famoso espionaje entre partidos, sino por haber mentido cuando pretendió explicarlo.

Creo que mentir al pueblo, en cualquier lugar, pero especialmente en sede institucional, y siempre que quedase probada la mentira sin una sombra de duda, debería estar castigado, como mínimo, con la inhabilitación para ser elegido y para ejercer cualquier cargo público durante ocho años. Pero no se usa la misma vara de medir para los políticos y para los demás. ¿Cómo se puede entender que, si alguien miente a su pareja en un caso de adulterio o en la venta de un alimento, se considere popularmente una traición a la lealtad, pudiendo incluso terminar con una relación sentimental o comercial y, sin embargo, si un alto cargo miente a todos los ciudadanos en algo importante que afecta a sus obligaciones, no pasa nada? Entre el pueblo y sus representantes y gobernantes lo menos que se puede pedir es que exista confianza en que se va a hacer lo que el votante espera que se haga si triunfa su opción; pero me temo que éstos siguen siendo sueños de un demócrata.

Autor: ALONSO QUIJANO

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