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Los Monos de la Clave
 
Director: Jose Luis Balbin
 
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14-03-2012
….. Y DESDE EL CIELO, UN AGUJERITO PARA VER CUDILLERO

Cuando Juan Luís Álvarez del Busto me pidió que escribiera algo sobre Cudillero para el  número 2 de El Baluarte,  reflexioné sobre que podía aportar yo acerca de Cudillero que no  se hubiera dicho  y escrito ya.

Numerosos  escritores, artistas y  periodistas  han   glosado  con brillantez a  la fascinante villa pixueta.  Su historia que se remonta a la Edad Media, el origen del  nombre y la procedencia de sus pobladores, su privilegiada  situación geográfica,  la original disposición  de sus casas esculpidas en las laderas de las dos montañas,  el anfiteatro que resulta de ésta curiosa  disposición,  sus empinadas  calles y pasadizos mágicos, el carácter acogedor y entrañable de sus gentes,  su gastronomía,…..  Verdaderamente, es difícil   decir algo nuevo sobre éste pueblo de ensueño  colgado frente al  mar, que vive de la mar.

Además en  mi caso, ser objetiva con Cudillero me resulta especialmente difícil ya que me unen a  él gratos recuerdos del pasado y entrañables vivencias del presente que ya ineludiblemente estarán  por siempre vinculados  a mi vida.

Como buen Sagitario tengo alma viajera. Viajar  para mí, más que un hobby   es una necesidad vital. Conocer in situ  el mundo en el que vivo, las diferentes razas, culturas, religiones y  formas  de vida que cada una de estas particularidades conforman es algo que me enriquece   intelectual y   humanamente. Soy una convencida de  que viajar  abre la mente,  te hace ser más tolerante   y mejor persona.

En todos los países que he visitado he encontrado rincones, paisajes y monumentos espectaculares que me han dejado un buen recuerdo y el deseo de regresar  algún día. Y digo deseo que no necesidad.

Necesidad, lo que se dice  necesidad de regresar  a un  lugar cuando estoy unos días  alejada,  sólo lo he sentido  a lo largo de mi trayectoria vital  con Madrid.  Soy madrileña, hija, nieta y bisnieta de madrileños, (lo que se dice “gata, gata”)  y siento a Madrid  con la misma intensidad con la que los asturianos sienten y presumen de su  Asturias querida  allá donde van.  Bien puede decirse por tanto que  en la exclusividad de ése sentimiento, he  sido absolutamente fiel a Madrid…. Hasta que se cruzó en mi camino Cudillero.

A mediados de la década de los  80  decidí  durante las  vacaciones realizar una incursión por Asturias. En el periplo estaba incluído Cudillero. Siendo un pequeño pueblo de pescadores, pensé que dos días sería tiempo más que suficiente  para conocerlo. Sin embargo  me sentí tan fascinada  por  el hallazgo,  que  no dudé en  retocar mi hoja de ruta  para poder disfrutar algunos días más del encanto de la Villa y sus gentes. Al cabo de unos días me despedí,  como en otras ocasiones de  otros lugares, con el deseo de volver en cuanto pudiera.  Pero ya se sabe que  uno propone y la vida, que a veces enreda lo suyo,  dispone.  Tendrían que pasar veinte años hasta que  el destino  me llevara   de nuevo a Cudillero.

En los primeros momentos del reencuentro  me quedé perpleja porque lo que estaba viendo no coincidía con  lo que yo recordaba. Lo encontré bastante cambiado.  ¿Para mejor o para peor?…  Conjugar pasado y presente es  a veces complicado sobre todo si se trata de establecer comparaciones. Soy una romántica empedernida y tiendo a sublimar los recuerdos cuando éstos  son  gratificantes, de manera que tengo que ser sincera y confesar  que  me pareció que había cambiado para peor. Los cambios que observé en su fisonomía le restaba  parte  del encanto de pueblo marinero que me enamoró años atrás.

Era pleno verano y  la otrora  apacible plaza de la Marina era  un hervidero de gente variopinta  afanándose en conseguir una mesa con sombrilla en alguno de los muchos restaurantes abiertos bajo los soportales de la plaza;  la sinuosa calle de Suárez Inclán se había convertido en  una red  comercial repleta  de tiendas de souvenirs, casas de comidas y pequeños hoteles  por donde transitaban coches y peatones  circulando en doble dirección, haciéndose sitio los unos a los otros en un entente cordiale verdaderamente admirable. Mientras,  la  Policía Local hacía denodados esfuerzos  por poner orden  ante semejante caos  y  por dirigir a los vehículos  hacia el aparcamiento del puerto nuevo. ¡El turismo masivo había llegado a Cudillero! Otros aspectos  de  su infraestructura original también  habían sufrido alteraciones   parece ser que para  acondicionarlo a los tiempos modernos…. Pero eso es otra historia.

Recordé la célebre frase de Heráclito  “Nadie se baña dos veces en el mismo río”. Ni siquiera los más pobres. Todo está en continuo movimiento y no sirve de nada llorar sobre la leche derramada, de manera que  pronto me   acostumbré al Cudillero moderno. Las cada vez más frecuentes visitas  ya fuera del guirigay  estival,  me hicieron ir  descubriendo poco a poco aspectos de la Villa que en mi primer viaje no había tenido tiempo de valorar. Finalmente llegué a la feliz  conclusión de que a pesar de  todo,  su magia y  esencia  marinera seguían ahí,  aguantando estoicamente los vaivenes y el paso del tiempo.  Y así  sucedió que  de manera lenta, caleya a caleya,  sin apenas darme cuenta, Cudillero,  fue  metiéndose en mí y atrapándome en sus redes.

¡Qué difícil resulta a veces expresar  con palabras determinadas  sensaciones y sentimientos!, aunque si puedo decir que…. Me  gustan sus amaneceres, cuando la fresca y limpia brisa se filtra por mi ventana  y  el graznar de las gaviotas  me despierta   como invitándome a compartir la actividad mañanera de los pixuetos. Me gusta llegarme hasta La Atalaya caminando desde el Tolombreo  y allí hacer un alto en el camino  para tomar el primer café del día; continuar la ruta  hasta adentrarme en La Reguera y disfrutar de las conversaciones de los lugareños que no han perdido la entrañable costumbre de hablarse de ventana a ventana; seguir bajando la empinada  calle hasta llegar a La Ribera para comprar la prensa del día y sentarme por fin  a disfrutar de un merecido desayuno mientras contemplo cómo Cudillero despierta.

Me gusta al caer la tarde, acercarme  al muelle y  esperar  a los barcos que regresan con las capturas  del día; hablar con los  viejos pescadores sobre el pasado, presente e incierto futuro de la mar que, a pesar de tanto maltrato, nos sigue dando de comer; de la necesidad de darle un respiro para que se regenere; de volver a la pesca artesanal;  de no seguir utilizándola  como un vertedero sin fondo. ¡Cuánto se aprende de los mayores!

Me gusta ser testigo de sus espléndidas puestas de sol y observar como la mar  lo va engullendo  lentamente,  con exquisita delicadeza. Me gusta  sentir como en ése momento, ante tanta belleza, mi pensamiento se detiene   para  que las ideas no interrumpan el disfrute  de  esta magnífica  fiesta de la Naturaleza…

Me gusta contemplar  desde algún lugar privilegiado del Tolombreo Alto  como  cae  la noche sobre Cudillero y  van  encendiéndose los farolillos que iluminan cada casa y cómo éste fascinante pueblo, en pocos minutos, se convierte en una maravillosa postal de Navidad… Me gusta Cudillero también cuando duerme.

Me gustan los insuperables pescados y mariscos  que se pueden saborear en cualquiera de sus muchos restaurantes; disfruto con la  entrañable  hospitalidad de Ana, Joaquín y Carmen, que además de  dar de comer espléndidamente en todos los sentidos,  me hacen sentir como en casa.

Me gusta  escuchar en amenas y larguísimas  sobremesas,  las  historias sobre Cudillero, contadas por quien más sabe de Cudillero, mi  amigo  Juan Luís Álvarez del Busto que desde que tomara el relevo de su ilustre abuela Elvira Bravo, lucha  cual moderno Quijote porque el progreso dañe lo menos posible su esencia pixueta.

Me gustan …. ¡tantas cosas!

Han transcurrido algo más de seis años desde el reencuentro. No recuerdo cuándo el trayecto Madrid-Cudillero se convirtió en una necesidad  para mí. Sólo sé que cuando paso más de un mes sin pisar mi querida Villa Pixueta, ésta me llama y  busco cualquier excusa para escapar  del  ajetreo de  Madrid  como diría un amigo mío argentino,  “ para  descansar la cabeza y enriquecer el corazón”.

El dramaturgo del Siglo de Oro Luís Quiñones de Benavente,  en su obra “El Baile del Invierno y el Verano” dice en uno de sus versos “Desde la cuna a Madrid y desde Madrid al Cielo” después, el acervo popular castizo a quién la frase le debió de parecer que se quedaba corta en el halago, añadió: “Y desde el Cielo, un agujerito para verlo”.

Yo,  como madrileña de pro, suscribo la célebre frase del autor pero  me permito rectificar la parte popular para  adaptarla a mis sentimientos. Pues eso: De Madrid al Cielo y  desde allí, un agujerito para ver Cudillero. Amén.

Autor: Julia C. Mesonero Periodista

Publicado en la revista-anuario EL BALUARTE en la sección “BRISAS DE CUDILLERO”.

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