La Clave
Los Monos de la Clave
 
Director: Jose Luis Balbin
 
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11-07-2012
LA DESVERGÜENZA

Háblese de policías corruptos, de jueces, fiscales y abogados corruptos, de banqueros
corruptos, de periodistas corruptos… A la menor cita de algún caso de corrupción, una
persona muy allegada y de alta moralidad se indigna y me dice: “¿No le dará vergüenza?”
Inevitablemente le respondo: “Es evidente que no. No tiene el mismo sentido de la
moralidad, o no tiene moralidad en absoluto”.

Personas con sentido lato de la moralidad son muchas. Algunos son pícaros, pero la
mayor parte simplemente abusan de los despistes de los legisladores para colarse entre las
insuficientes defensas del ciudadano desprotegido. Ejemplos de autoridades como las más
arriba citadas hay en todos los gremios. Es la laguna de la ley la que permite que aparezcan
como autoridades intachables quienes no son más que pícaros moralmente delincuentes.

Los escándalos provocados por especímenes de tal envergadura son inaceptables,
pero quedan casi siempre impunes, cuando no pasan simplemente desapercibidos. De todos
los ejemplos citados hay casos que saltan cada día a las páginas de los periódicos. Tanto, que
ya ni llaman la atención. Por eso “no les da vergüenza”.

¿Por qué la palabra de un policía, la letra pequeña de un banquero, la tramposa
información de un supuesto periodista vale más (es decir, todo) que la de un desprotegido
ciudadano de a pie? ¿Por qué el uno puede hasta pasar por heroico, a costa de la ruina
económica o penal de otro? Porque al legislador le da la gana, como si los corruptos sólo
estuvieran en la parte más pesada de la balanza.

El legislador da casi siempre la razón al poderoso, como si no tuviera que demostrar su
verdad. La palabra del poderoso va a misa, como si no se demostrara tantas veces –tras
ímprobos esfuerzos- que el oficiante es sacrílego.

Un ciudadano de a pie puede tener más razón que un santo no sacrílego para, sin
embargo, tener que oír como respuesta un chantaje amenazador: “Más le conviene aceptar
nuestra decisión. Ya sabe que los tribunales rara vez nos contradicen”. Claro. Su decisión
resulta más cómoda y cínicamente rentable Los tribunales también pueden ser objeto de
chantaje. No tanto como el ciudadano indefenso.

Autor: José Luis BALBÍN

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