La Clave
Los Monos de la Clave
 
Director: Jose Luis Balbin
 
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01-06-2012
EL LOCO DE LA VÍA

Los pecados capitales merecerán o no su calificativo, deberían ser más o menos numerosos, tendrán su origen en la Grecia de Aristóteles o en el Papa Gregorio Magno, pero lo cierto es que no por casualidad son conocidos como tales. Parece hasta normal una cierta envidieja, pero ¿la epidemia en curso y a los niveles de ahora? Creo que era inútil intentar preverla. Casi es imposible desayunar cada mañana sin nuevos y numerosos casos de corrupción , sólo explicable previos otros directamente de avaricia.

Aunque es difícil absolverse a sí mismo de cualquier pecado, incluidos los capitales, yo
no me veo entre los tentados por el de envidia. Si acaso, por el de la llamada “sana envidia”, que no deja de ser como un “anti-pecado”. Por el contrario, hay no pocas personas a las que admiro y ante las que me considero insuficiente. Me alegro de todo lo bueno que les sucede.
Cierto es que algunos pasan por recibir éxitos que no se merecen, pero no me producen envidia precisamente.

Por lo que colijo, la envidia produce precisamente el sentimiento contrario. Resulta algo así como “tristeza del bien ajeno”. Por eso los envidiosos despiertan lástima. Sufrir por el bien ajeno sí que debe ser extremadamente doloroso. Querer tener más poder, o más dinero o más placer. o …. puede ser inteligible por reprobable que resulte; pero tener tristeza del bien ajeno, ¡eso sí que debe ser un dolor de sufrimiento! Supongo que no tiene límite. En el caso del envidioso, sí que se puede deducir que en el pecado lleva la penitencia. Por mucho que tenga, por mucho que consiga, el envidioso sufre sin límites. Nada le aplaca.

Siempre recuerdo un poema- canción que mis amigos sudamericanos dedican al “loco de la vía”, que cantaba y siempre se reía debajo de un puente y, en cualquier caso, al lado de la vía. Los beneficiados que pasaban cómodamente en el tren, no comprendían por qué ni de qué se reía. Y, sin embargo, parece que él sufría, siempre sufría.

De entre todos los llamados pecados capitales, me parece uno de los más dolorosos. Hay otro que todavía lo es más, pero de él escribiré otro día.

Autor: José Luis BALBÍN

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